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- Mirando a María de Nazaret, mirándola en la hora de la visita del ángel, nosotros nos preguntamos si es posible amar, si es posible darse a los demás, si es posible salir de uno mismo. Mirando a la muchacha de Nazaret, descubrimos que de verdad el amor es posible; que de verdad es posible liberarse, poder superar el egoísmo, poder superar la propia voluntad. Que es posible un amor que es fiel y verdadero; que es posible un amor auténtico; que es posible un amor que trae paz y alegría, un amor que acerca a las personas.
Mirando a María de Nazaret, queremos profundizar en su experiencia, lo que Ella sintió en el corazón, en esta hora de la visita del ángel.
Dios es Amor.
Lo primero que la Virgen experimentó, cuando fue visitada por el ángel es que Dios es amor. En ese instante preciso de su vida, María hizo una de sus experiencias más profundas: conoció a Dios, de una manera muy real, muy concreta. Lo primero que experimentó la Madre de Jesús es que Dios es amor. No sólo que Dios nos ama, que Dios nos quiere, sino que en su realidad más profunda, más íntima, Él es amor: el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pudo dar ese sí, pudo responder “Yo soy la servidora del Señor”, justamente porque descubrió que Dios es caridad, Dios es amor.
La cruz de Jesús revela plenitud del Amor de Dios.
La segunda experiencia que hizo la Madre de Jesús fue descubrir en Cristo, en ése que estaba comenzando a crecer, a engendrarse dentro de Ella, la plenitud del amor de Dios. Un amor hecho carne y hecho sangre por medio de su si, por medio de su respuesta generosa. En la hora de la Anunciación, María de Nazaret descubrió misteriosamente la plenitud del amor de Dios, manifestada en Cristo Jesús, ése que comenzaba a crecer, a desarrollarse dentro de Ella. Es la mujer inundada por el amor del Corazón de Jesús, con el que Ella también colaboró de manera muy especial, para darle vida.
En ese momento de la Anunciación, María pudo entrever, percibir, mirar a lo lejos toda la vida de Jesús. Descubrió también, de manera misteriosa, la hora de la Cruz. Jesús se hizo hombre en Ella para salvarnos, para redimirnos. La Encarnación del Hijo de Dios tenía que ver, apuntaba directamente, a la Hora de la salvación, al momento de la Cruz. Aunque María estaba lejos de vivir esa Hora, en el momento de la Anunciación, pudo percibir, intuir con todas sus fuerzas este momento único; y decir como san Pablo: Me amó y se entregó por mí. Me quiere de verdad, me quiere con locura. En éste que llevo adentro, descubro lo más valioso que Dios tiene para regalar a los hombres: su propio Hijo.
La sed del amor.
Lo tercero que experimentó la Madre de Jesús en la hora de la Anunciación es esta sed de amor. Diciendo que si a la vida, diciendo que si a aquel que venía de parte de Dios, dando esa respuesta única en la historia de la humanidad, María fue capaz de abrir en Ella una fuente que la acompañaría a lo largo de todo su camino de fe: el camino del amor. Asociada a Jesús, llevando a Jesús adentro, fue capaz de descubrir en Ella esta necesidad de amar, y de entregarse a los demás. Por eso vemos que después del Evangelio de la Anunciación, Ella que se pone en marcha y en camino para visitar a su prima Isabel. Cuando el ser humano hace la experiencia profunda del amor de Dios, de que Dios es amor, se despierta en él, se enciende en él esta llama del amor, de darse a los otros.
Todo esto que experimentó la Madre de Jesús, es un camino y un programa para que nosotros los legionarios, también comencemos a experimentarlo, a vivirlo en nuestra vida.
Manifestar el amor de Dios.
El Papa Benedicto nos pide a los Jóvenes manifestar este amor de Dios en lugares muy concretos de nuestra vida, y eso nos deja pensando a nosotros, en nuestro encuentro. El Papa nos invita a los jóvenes a manifestar el amor de Dios en la Iglesia, en la preparación que nosotros hacemos para nuestro futuro, y en la vida cotidiana. Nosotros los legionarios queremos manifestar el amor de Dios con el estilo de la Virgen, con el estilo de María de Nazaret.
Manifestarlo en la Iglesia. Manifestar el amor de Dios en la comunidad. No se trata sólo de hacer las cosas con amor, con cariño, sino de ser el amor. Una vocación muy profunda que nosotros, los que estamos en el ejército de la Virgen, queremos descubrir el día de hoy. Poner amor en la Iglesia de Jesús, y más que eso, ser el amor en la Iglesia de Jesús con el estilo de la Virgen, con los gestos simples, con los gestos de servicio, con los gestos de humildad. Manifestar el amor de Dios en la Iglesia.
Manifestarlo también en el futuro que vamos preparando. Cada uno de nosotros es un futuro. Un futuro que hay que preparar, que no se puede improvisar, que no se puede quedar librado “a lo que se va dando”. Cada uno de nosotros es constructor de su propio futuro, de su propio porvenir, de su propio destino. Y porque cada uno de nosotros quiere construir el propio, los jóvenes de la Legión de María, queremos manifestar el amor de Dios, queremos ser el amor. El futuro que es la decisión fundamental de mi vida: seguir a Jesús. El futuro que es el camino que Jesús quiere que haga en mi vida, a dónde me quiere llevar Él, qué busca de mi, cuál es mi misión, para qué me estoy preparando, qué quiero ser en la vida. En todas estas preguntas que vamos respondiendo y con las que construimos nuestro futuro, debemos manifestar el amor de Dios.
Manifestar el amor de Dios también en la vida cotidiana, en lo de todos los días, como María de Nazaret, capaz de ofrecer en cada momento el amor del Dios que hace obras grandes por nosotros, que nos levanta a los humildes, que nos salva, que nos libera. Es en la vida de todos los días, donde cada uno de nosotros, debe hacerse expresión del amor de Dios con la firma de María de Nazaret. Manifestar el amor de Dios en nuestro estudio, manifestar el amor de Dios en nuestra familia, manifestar el amor de Dios en nuestro trabajo, si ya estamos trabajando, manifestar el amor de Dios en el tiempo libre, en nuestra diversión. En la vida cotidiana somos invitados a poner, con la firma de María de Nazaret a éste Dios que es amor.
Para eso queremos dejarnos conducir por Ella. Ella es un camino seguro, un camino corto, un camino fácil para seguir a Jesús. Un camino también para manifestar el amor. En Ella aprendemos a amar. En el testimonio de los santos también aprendemos a amar, hoy aquí, junto al corazón de Don Orione. Nos dejamos guiar por los santos y también descubrimos que el secreto del amor es dejarse transformar por Dios, dejarse iluminar por el amor de Jesús. Que así sea.